A Francisco Umbral le habría gustado estar allí. Le habría gustado acudir al emotivo homenaje que el lunes su periódico, EL MUNDO, le rindió en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Seguramente lo presenció convertido ya en el ser de lejanías que dijo ser, al menos su duende merodeó por el escenario, se asomó desde detrás de la famosa Olivetti, objeto mudo de una escenografía simple en la que bastó con la palabra para despertar el aplauso.
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