“No tenía nombre. Pero todos le llamaban El Guardián.
Cada cierto tiempo bajaba a la cantina y era entonces cuando los parroquianos aprovechaban para fusilarle a preguntas o para, en la mayoría de los casos, reírse de él... Decía que había sido elegido para una misión secreta. Era el guardián de un gran tesoro oculto en algún lugar de las montañas.





