"A finales de los años 40 todo el mundo leía cómics -cuenta David Hajdu, autor de The Ten-Cent Plague- eran la forma de entretenimiento más popular en EE.UU." Era el caldo de cultivo correcto: mientras la censura se afilaba los dientes en la creciente industria del cine y aplicaba el código Hayes a los mafiosos y las vampiresas trepadoras, las páginas coloreadas de los comics americanos transformaban el género negro en un pariente cercano del gore. Y costaban diez centavos, un precio que garantizaba una fuerte viralidad.
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